Se sabe que, sobre Cuba, Donald Trump maneja al menos un dato incorrecto, alguna que otra verdad y un par de certezas. El dato incorrecto: que la isla no está en una zona de huracanes. Las verdades: que el país lo gobierna un régimen dictatorial represivo e inepto. Las certezas: que será el propio Trump quien tenga el «honor de tomar» Cuba y que, una vez lo haga, un puñado de exitosos empresarios cubanoamericanos volverán deseosos a la tierra de sus padres, presumiblemente a invertir parte de su capital y a hacer que sus fortunas crezcan.
«Conozco a mucha gente de Cuba que fue tratada muy mal y que vino aquí [a Estados Unidos] y se hizo rica. Son personas muy emprendedoras y muy inteligentes […] Ustedes van a regresar. Será un gran día», dijo el presidente estadounidense durante una conferencia de prensa a inicios de marzo. Esta no fue la única ocasión en que se colmó de elogios a estos empresarios, con quienes se reconoce no tanto políticamente como por la pertenencia a una misma clase: la de los millonarios.
Más allá de los informes de algún asesor experto en la historia y los modos del castrismo, la política de la actual administración estadounidense hacia la isla parece sostenerse en el relato o la visión del exilio de Miami más exitoso. En medio de las mayores tensiones entre La Habana y Washington —un cerco petrolero desde enero, un indictment a Raúl Castro a sus 94 años, la visita del director de la CIA a la Isla y las constantes amenazas de una «toma de Cuba»— la pregunta que se plantea es: ¿Cómo se perfila esa «Cuba del día después»? ¿Y qué implicaría un cambio para el cubano de a pie?
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Author: El Estornudo
