La imagen de estos transeúntes en La Habana, cada quien avanzando a solas consigo mismo, bajo la vigilancia de la Torre K —un menhir tecnocrático erguido sobre la decadencia nacional, altísimo hotel de lujo en el centro neurálgico de un país del que la gente emigra en masa y al que llegan cada vez menos turistas—, irradia a un tiempo el halo opresivo de las fábulas kafkianas y el sarcasmo frívolo de la opereta poscomunista.
Al final de esta historia esperaba el fantasma del capital. Porque, a fin de cuentas, eso es presumiblemente lo que se discute en la mesa de negociaciones entre la élite del poder cubano y los emisarios —sea el secretario de Estado o el director de la CIA— de la administración Trump: una salida que beneficie a todas las partes.
El 3 de enero último, una incursión militar estadounidense sirvió para extraer a Nicolás Maduro y para instaurar en Caracas un régimen subordinado y clientelista liderado por los propios secuaces del dictador. La democracia quedó aplazada allí, mientras el petróleo venezolano empezaba a fluir en la dirección correcta: es decir, hacia Chevron o ExxonMobil, y ya no más hacia La Habana.


Hacia La Habana, en cambio, fueron enviados los 32 cadáveres de los militares y agentes cubanos, encargados en secreto de la seguridad de un gobernante extranjero, que cayeron esa madrugada, casi unánimemente, a manos de la Delta Force norteamericana.

El gobierno cubano arreó entonces a las masas para recibir los cuerpos de unos «héroes» cuya presencia en el país aliado había negado una y otra vez durante años, y, por supuesto, convocó a renovar los votos antimperialistas ante la Embajada de Washington.

Tras la orden ejecutiva de Trump que designó a Cuba como una «amenaza inusual y extraordinaria» y decretó, a finales de enero, un estricto cerco energético, la isla entró en una nueva fase de catalepsia general en que el agravamiento de la larga y profunda crisis material —que desde mucho antes hacía hablar de «colapso» a no pocos observadores— se nos presenta sazonada con la «máxima presión» de la espera y la incertidumbre política.



Mientras, en las calles de La Habana la noción de «masa» ha encontrado una corporeidad aún más estridentemente orgánica y feroz que en las «marchas del pueblo combatiente»: los basureros toman las esquinas y no hay noche de apagón —que son todas las noches— que no se alumbre aquí o allá con la tea incendiaria de los vecinos.



A veces ese fuego se enciende con el combustible de alguna protesta local. A veces amanece en algún muro de la ciudad un mensaje urgente: «Abajo los Castro».

La mayoría del tiempo es que la gente común anda intentando prender la candela para cocinar lo que haya… y aguantar un día más a ver qué pasa.


Como este individuo, macilento, envejecido, que se recuesta en la miseria y a estas alturas ni siquiera ha podido despojarse del hábito verde olivo de aquel otro fantasma —gregario, triunfal, teóricamente emancipado— que en otro tiempo llamamos «hombre nuevo».

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Author: El Estornudo
