Cuba: 67 años a punto de caer

Los cubanos llevamos sesenta años viviendo a seis meses del fin de la Revolución.

Siempre falta algo. Petróleo. Dólares. Comida. Turistas. Un aliado. Una generación dispuesta a seguir creyendo. Siempre aparece algún experto dispuesto a explicar por qué esta vez sí es diferente. He escuchado versiones de esa profecía desde que tengo memoria. Ahora vuelve a decirse en Washington que Cuba está exhausta. El sistema eléctrico apenas aguanta. La economía está rota. Los jóvenes se van. Venezuela ya no puede desempeñar el papel que alguna vez desempeñó la Unión Soviética. Estados Unidos está apretando todavía más. Esta vez, dicen algunos, sencillamente no hay de dónde sacar.

Puede ser. Pero si algo hemos aprendido en estos sesenta y siete años es que el mundo tiene una curiosa tendencia a subestimar al sistema cubano. No lo digo con admiración. Lo digo porque me parece peligroso confundir nuestra opinión sobre un régimen con nuestra capacidad para entenderlo.

El sistema cubano ha sido represivo, económicamente desastroso y bastante costoso para generaciones de cubanos. También ha sido uno de los sistemas políticos más resistentes del último siglo. Las dos cosas son verdaderas. Mientras los adversarios del régimen han esperado su derrumbe, La Habana ha demostrado una habilidad casi irritante para desprenderse de aquello que ya no puede defender con tal de conservar lo que realmente le importa.

El poder. 

Por eso creo que estamos esperando la transición equivocada. Quizás Cuba no vaya a caer. Quizás Cuba vaya a mutar. No porque el sistema sea invencible, ningún sistema lo es, sino porque el gran talento político de la Revolución cubana nunca fue hacer funcionar particularmente bien la economía.

Fue sobrevivir.

Sobrevivió a Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton, otro Bush, Obama, Trump, Biden y nuevamente Trump. Sobrevivió a la Unión Soviética, que era quien supuestamente la mantenía viva. Sobrevivió al Período Especial. Sobrevivió a Fidel. Sobrevivió al retiro de Raúl. Sobrevivió al 11 de julio. Cada vez que perdió una condición indispensable para su existencia, encontró otra.

Analizar inteligentemente a Cuba exige separar el juicio moral del diagnóstico político. Y el diagnóstico es incómodo.

Tal vez el sistema cubano no tenga otros sesenta años, pero llevo toda mi vida viendo a gente apostar contra él y hasta ahora, la casa siempre ha ganado.

En Miami y Washington hemos construido una idea muy específica del final de la Revolución: llega un punto en que la economía no da más, la gente no da más, algo se rompe y entonces viene la transición. ¿Y si no? ¿Y si el próximo capítulo de Cuba no es una caída sino una transformación bastante más rara?

Porque mientras seguimos discutiendo cuánto tiempo le queda al comunismo cubano, en Cuba están pasando cosas que hace unos años habrían sonado casi heréticas. El Gobierno está ampliando el espacio de la empresa privada, intentando atraer inversión extranjera y desmontando, poco a poco, y porque no le queda otra, partes del modelo económico que defendió durante décadas. Las reformas aprobadas este año van bastante más allá de los tímidos experimentos con los cuentapropistas de hace tiempo. El Estado cubano parece haber entendido una cosa bastante básica: no puede seguir haciéndolo todo.

Y aquí es donde creo que la historia toma un giro interesante. ¿Qué pasa si el capitalismo llega a Cuba antes que la democracia?

No me parece una posibilidad descabellada. Tampoco sería la primera vez que ocurre. China hizo las paces con el dinero hace muchísimo tiempo, sin hacer las paces con el pluralismo político. Vietnam también encontró una manera de tener empresarios, inversión extranjera, fábricas y un Partido Comunista. Obviamente Cuba no es China.

Cada vez que alguien compara a Cuba con China o Vietnam me dan ganas de salir corriendo; las diferencias son enormes. Cuba es una isla pequeña al lado de Estados Unidos, con una diáspora gigantesca y con Miami funcionando prácticamente como una segunda Cuba. Pero hay una lección que sí me parece relevante: un gobierno puede abandonar una parte enorme de su doctrina económica sin abandonar el poder. De hecho, puede hacerlo precisamente para conservarlo. Eso me parece mucho más plausible que imaginar a los dirigentes cubanos sentados, esperando tranquilamente a que todo colapse por fidelidad a un manual soviético.

El sistema cubano nunca ha funcionado así. Cuando ha necesitado dólares, ha aceptado dólares. Cuando ha necesitado turistas capitalistas, ha recibido turistas capitalistas. Cuando necesitó inversión extranjera, buscó inversión extranjera. Cuando necesitó pequeños negocios privados, descubrió que el pequeño negocio privado tampoco era tan contrarrevolucionario, después de todo. La ideología cubana se vuelve flexible cuando la supervivencia está en juego.

Ahora está ocurriendo algo parecido con la energía, lo que me parece curioso, porque podría terminar siendo una de esas ironías históricas que nadie nunca planeó.

Cuba tiene un problema energético espantoso. Esto no necesita demasiada explicación para cualquiera que tenga familia allí. Los apagones son interminables. Las plantas están viejas. Falta combustible. Hay días en que parece increíble que un país entero pueda funcionar de esa manera y, en muchas partes, sencillamente no funciona. Durante décadas la vulnerabilidad fue obvia: Cuba necesita que alguien le mande energía. Primero fueron los soviéticos. Después Venezuela. Cambió el padrino; no demasiado el problema. Ahora Washington está intentando apretar precisamente ahí. Tiene lógica. Si el sistema depende del petróleo extranjero, cortarle el petróleo debería debilitarlo.

Pero llevo un tiempo pensando en la posibilidad contraria. ¿Y si terminamos obligándolos a solucionar precisamente esa dependencia?

Cuba está llenándose de parques solares. China está metida en buena parte de ese proceso. El Gobierno habla de aumentar de forma drástica el peso de las renovables durante los próximos años y ya está incentivando instalaciones solares fuera del Estado. No creo ni por un segundo que esto vaya a convertir mágicamente a Cuba en una potencia verde. Hay una tendencia muy cubana —y bastante gubernamental— a anunciar el futuro antes de haber conseguido que funcione el presente. Un panel solar tampoco arregla una red eléctrica que se cae a pedazos.

Pero la dirección en la que esto se mueve sí me interesa. Sería bastante extraordinario que, después de décadas dependiendo de Moscú y Caracas para mantener las luces encendidas, Cuba terminara entrando a la fuerza en una transición energética precisamente porque ya nadie puede garantizarle el próximo barco de petróleo. Y sería todavía más extraordinario que la presión estadounidense acelerara ese proceso. No sé si ocurrirá. Pero me parece más interesante pensarlo que volver a escribir por enésima vez que el próximo apagón va a tumbar al Gobierno.

Hay otra cosa, sin embargo, que sí creo que el sistema cubano tiene muchísimo más difícil resolver. La gente se está yendo y eso sí es un dato que cambia bastante al argumento. Cuba ha pasado décadas aprendiendo a sobrevivir a Estados Unidos, a las sanciones, a la falta de petróleo, a crisis económicas y hasta a la desaparición del país que prácticamente subsidiaba su economía. Lo que no sé es cómo se sobrevive a perder a tu propia gente. No se está yendo solamente el disidente. Se va el médico. Se va la muchacha que estudió ingeniería. Se va el que podría abrir un negocio. Se va la pareja joven que decide tener sus hijos en otro país. Se va el que está harto y el que no lo está tanto, pero simplemente quiere una vida normal. Y eso es distinto, porque gobernar el descontento es una cosa. Gobernar el vaciamiento es otra. 

A una protesta puedes mandarle policías. Contra la demografía no hay policía que valga. Puedes cerrar una organización. Puedes meter preso a un opositor. Puedes controlar un periódico. Lo que no puedes hacer es obligar a una generación entera a imaginar su futuro dentro de un país cuando esa generación ya está imaginándolo fuera.

Esa es, para mí, la amenaza más seria que tiene Cuba. No necesariamente que un día millones de personas salgan a la calle, sino que un día mires alrededor y descubras que demasiadas de las personas que iban a construir el país ya construyeron su vida en otra parte. Y aquí tampoco creo que Washington tenga una respuesta reveladoramente buena.

Hay una idea que aparece una y otra vez en la política hacia Cuba: si las condiciones empeoran lo suficiente, eventualmente habrá cambio político. Siempre me ha parecido una ecuación demasiado bonita para ser cierta. La presión solo genera presión. La pobreza no produce democracia automáticamente. Si fuera así, el mundo estaría lleno de democracias maravillosas. La desesperación puede producir una revolución. También puede producir emigración. Puede producir mercado negro, apatía, violencia, más autoritarismo o simplemente gente intentando sobrevivir hasta el día siguiente.

Y aun si mañana ocurriera ese colapso que tantas veces hemos anunciado, queda una pregunta bastante desagradable: ¿quién gobierna el martes? No quién da el discurso desde Miami. No quién sale en CNN. ¿Quién administra el país? ¿Quién controla los ministerios, los municipios, las Fuerzas Armadas, la policía, los hospitales, los puertos? ¿Quién tiene una estructura que llegue desde La Habana hasta el último pueblo de Oriente?

Entonces la conversación sobre «el día después» se vuelve mucho menos romántica. Por eso, si tuviera que imaginar Cuba dentro de diez o quince años, no imagino necesariamente ni la Cuba que quiere vender el Gobierno ni la que hemos imaginado durante décadas desde el exilio. Me imagino algo mucho más contradictorio.

Me imagino un país todavía llamándose socialista donde haya gente haciéndose rica. Muchos más negocios privados. Dinero de la diáspora entrando por todas partes, aunque nadie quiera llamarlo inversión de la diáspora. Capital chino. Capital europeo. Quizás eventualmente muchísimo capital estadounidense. Restaurantes privados preciosos al lado de edificios públicos destruidos. Una desigualdad mucho más visible que la de hoy. Funcionarios hablando de la Revolución y empresarios hablando de márgenes de beneficio.

Me imagino paneles solares chinos detrás de una valla con una frase de Fidel.

Y, sinceramente, eso me parece mucho más cubano que cualquiera de los finales ordenados que llevamos décadas discutiendo frente a la ventanita del Versalles. 

Puede que esté equivocada. Quizás esta vez sí. Quizás la combinación de crisis económica, emigración, deterioro energético y presión exterior sea demasiado. Ningún sistema dura para siempre y el cubano tampoco va a hacerlo. Pero yo tendría mucho cuidado apostando otra vez por su incapacidad para adaptarse. El error que hemos cometido durante décadas es pensar que, para sobrevivir, la Revolución necesita salvar su modelo.

No.

Necesita salvar el poder. Todo lo demás es negociable.

Y quizás ahí esté la transición cubana que no estamos viendo. No un día histórico en el que termine una cosa y empiece otra. Quizás ocurra lentamente, de manera contradictoria, hasta el punto en que nos demos cuenta de que aquella Cuba que conocieron nuestros padres ya no existe, aunque muchos de los mismos apellidos sigan sentados en los mismos despachos.

A veces pienso que ese sería el final más cubano posible. Después de sesenta años esperando que el sistema se caiga, descubrir que hizo lo que siempre ha hecho.

Cambió antes de tener que caerse.

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Author: Charlene Batlle

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